Menú
portada oficial de cartera de un poeta

‘Un poeta’ y la resistencia creativa en la era de la eficiencia

Cuando el director colombiano Simón Mesa Soto se paró en el escenario del Festival de Cannes para recibir el Premio Especial del Jurado en la sección Un Certain Regard, el mundo del cine entendió que el verdadero arte no siempre nace de la certeza, sino del abismo.

Su largometraje, estrenado con gran éxito, nos presenta una paradoja fascinante y dolorosa: la historia de Óscar Restrepo (interpretado por el no-actor y docente Ubeimar Ríos), un creador envejecido, deprimido y errático que ha succumbido por completo al cliché de la bohemia infructuosa. Obsesionado con la figura trágica de José Asunción Silva, Óscar deambula por una Medellín capturada bajo la textura granulada y melancólica del formato 16 mm, arrastrando una crisis existencial que no le pertenece solo a él, sino a toda una generación de creadores que se resisten a ver el arte como una mercancía.

Visto superficialmente, Un poeta funciona como una comedia dramática de humor negro y desencanto. Sin embargo, al desmenuzar sus capas bajo una lupa filosófica, la película se transforma en una tesis viva sobre la supervivencia del espíritu humano frente a las dinámicas de la modernidad tardía. ¿Qué significa ser un creador marginal en un mundo que ha decidido cuantificarlo todo?

La resistencia contra la sociedad del rendimiento

La deriva existencial de Óscar Restrepo evoca de inmediato las advertencias del filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han. En su obra La sociedad del rendimiento, Han sostiene que el sujeto moderno ya no está sometido a una fuerza opresora externa, sino que se autoexplota en pos de un imperativo absoluto, la productividad. En este ecosistema contemporáneo, todo aquello que carezca de un fin útil, rentable o "monetizable" es clasificado como un residuo social o una patología.

Óscar es, en esencia, el reverso de este imperativo. Al habitar la sombra del fracaso económico y el aislamiento profesional, el protagonista se convierte en un saboteador inconsciente del sistema. Su insistencia en escribir poesía —el arte más visceral, abstracto y económicamente estéril de todos— no es simple terquedad; es un acto de soberanía política y psicológica. Mesa Soto captura esta desconexión de manera brillante a través de la fotografía de Juan Sarmiento Grisales, donde los espacios urbanos de la ciudad de Medellín, Colombia se sienten tan saturados de velocidad y progreso material como vacíos de trascendencia espiritual. El poeta de la penumbra se niega a rendir culto al dios de la eficiencia, prefiriendo el dolor de la creación auténtica al anestésico de la funcionalidad industrial.

El encuentro con el otro y el absurdo camusiano

El verdadero catalizador de la película ocurre cuando la rutina melancólica de Óscar se rompe al conocer a Yurlady (Rebeca Andrade), una adolescente de raíces humildes en quien descubre un talento lírico innato y puro. Al decidir guiarla y empujarla a presentarse a un concurso literario, el protagonista busca desesperadamente dos cosas: redimir sus propios fracasos del pasado y reinventar su rol como una figura paterna y protectora.

Este vínculo improbable nos conecta directamente con el pensamiento existencialista de Albert Camus. En El mito de Sísifo, Camus postula que el ser humano se enfrenta constantemente al "absurdo": la dolorosa distancia entre nuestro deseo innato de encontrar un sentido profundo y el silencio implacable del universo. Óscar Restrepo es un Sísifo moderno. Sabe que las probabilidades de que un sistema mercantilizado valide el talento marginal de una joven de los sectores populares son prácticamente nulas; sabe también que su propia gloria quedó atrás. Y, sin embargo, empuja la piedra. Para Camus, la creación artística es la rebelión máxima contra el absurdo, ya que nos permite "vivir dos veces". Al guiar a Yurlady, Óscar no busca un escape egoísta de la realidad, sino un acto de subversión colectiva. No importa que el entorno ignore sus versos; el simple hecho de insistir en la belleza y la compasión en medio de la hostilidad urbana ya es una victoria metafísica.

El 16 mm como trinchera estética y memoria histórica

Uno de los aciertos más notables de Simón Mesa Soto es la elección del formato de grabación. En una era dominada por las resoluciones digitales hipernítidas y los filtros algorítmicos que homogenizan nuestra percepción visual, rodar en 16 mm es una declaración de guerra estética. El grano de la película, las imperfecciones de la luz y las texturas orgánicas actúan como un correlato visual de la psique fragmentada de Óscar.

Esta decisión técnica conecta con el concepto de la "pérdida del aura" del filósofo Walter Benjamin. Benjamin advertía que la reproducción técnica desbocada corría el riesgo de vaciar al arte de su carácter sagrado y único. Al aferrarse al celuloide, Mesa Soto devuelve al cine su dimensión física y ritual. Cada fotograma de Un poeta respira el peso del tiempo, obligando al espectador a experimentar el ritmo lento, casi agónico, de la creación literaria tradicional. Asimismo, el director, conocido también por volcar sus propios temores cotidianos e intelectuales en los guiones, ejecuta aquí una catarsis descarnada frente a los miedos de la parálisis creativa y el vacío de la docencia rutinaria.

Un poeta ha roto récords de asistencia para el cine independiente en Colombia, acumulando galardones internacionales desde San Sebastián hasta El Gouna. Este fenómeno demuestra que la audiencia global y local comparte un vacío común: el anhelo de detener el scroll infinito de la vida hiperconectada para volver a conectar con las emociones humanas más crudas, incómodas y verdaderas.

La obra de Simón Mesa Soto no nos ofrece respuestas reconfortantes ni discursos morales masticados. En su lugar, nos invita a habitar la contradicción de Óscar Restrepo. Nos recuerda que, mientras el mundo corporativo nos empuja a ser consumidores perfectos y perfiles digitales optimizados, el arte sigue siendo la última trinchera de la libertad. Crear, pensar y dudar en un sistema diseñado para la obediencia automatizada es la verdadera vanguardia. Cuando las luces de la sala de cine se apagan y los créditos comienzan a correr, el espectador crítico se queda a solas con una pregunta punzante: en este siglo de algoritmos y productividad despiadada, ¿dejaremos que apaguen nuestra capacidad de imaginar lo invisible, o seremos capaces de resistir, como Óscar, aunque nos cueste el silencio del mundo?

0 comentarios