¿Por qué cada vez más personas sienten que dejaron de recordar sus sueños? Este ensayo explora la relación entre la neurociencia, el estrés, el sueño REM, la memoria, los hongos adaptógenos y la psilocibina, integrando también la mirada de las culturas ancestrales sobre el mundo onírico. Un recorrido que invita a cuestionar si el verdadero problema no es haber dejado de soñar, sino haber perdido las condiciones para recordar aquello que ocurre mientras dormimos.
Parte I: ¿Qué perdimos cuando dejamos de recordar nuestros sueños?
"Volví a recordar mis sueños."
Esa frase comenzó a repetirse una y otra vez.
Lo llamativo era que ninguna de esas personas buscaba recuperar sus sueños. Llegaban por otros motivos: dormían mal, despertaban cansadas, vivían con ansiedad o sentían que su mente nunca descansaba.
Con el paso de las semanas, su descanso se hacía más profundo y continuo. Entonces ocurría algo inesperado.
"Anoche soñé... y lo recordé todo."
Al principio parecía una coincidencia. Pero cuando la misma experiencia comenzó a repetirse en distintas personas, surgió una pregunta difícil de ignorar.
¿Qué cambia en el cerebro para que una persona vuelva a recordar sus sueños?
Este ensayo no busca demostrar que los hongos hagan recordar los sueños, ni pretende ofrecer respuestas definitivas. Busca explorar una pregunta que nace del encuentro entre la neurociencia, la observación clínica y la forma en que distintas culturas han comprendido el mundo onírico durante miles de años.
La neurociencia muestra que prácticamente todas las personas soñamos cada noche. Durante el sueño, especialmente en la fase REM, el cerebro reorganiza recuerdos, procesa emociones y consolida aprendizajes.
Aquí aparece una paradoja.
Si casi todos soñamos, ¿por qué tantas personas sienten que dejaron de recordar sus sueños?
La respuesta es que soñar y recordar un sueño no son el mismo proceso.
Podemos soñar durante toda la noche y, aun así, despertar sin conservar un solo recuerdo. El cerebro sigue realizando su trabajo mientras dormimos, pero ese contenido no siempre llega a la conciencia al despertar.
Quizás nunca dejamos de soñar.
Quizás lo que perdimos fue la capacidad de acceder a esos recuerdos.
Si esa hipótesis fuera correcta, la pregunta dejaría de ser qué significan los sueños. La verdadera pregunta sería otra.
¿Qué nos está diciendo un cerebro que vuelve a recordar sus sueños?
Esa será la pregunta que comenzaremos a explorar en la siguiente parte.
Parte II: Un cerebro que nunca descansa
Si prácticamente todas las personas soñamos cada noche, la pregunta ya no es por qué soñamos.
La verdadera pregunta es otra.
¿Qué está ocurriendo con nuestro sistema nervioso para que cada vez más personas sientan que dejaron de descansar?
Vivimos en una cultura que admira a quien duerme poco, responde correos a cualquier hora y sigue funcionando aunque esté agotado.
- Normalizamos despertarnos cansados.
- Normalizamos la ansiedad.
- Normalizamos vivir acelerados.
Sin embargo, el cerebro nunca fue diseñado para permanecer en estado de alerta de forma permanente.
Durante millones de años evolucionó para responder a amenazas puntuales: escapar de un depredador, enfrentar un peligro o proteger la vida. Una vez que la amenaza desaparecía, el organismo recuperaba su equilibrio.
Hoy las amenazas rara vez son físicas.
Son cuentas por pagar, exceso de trabajo, pantallas hasta la madrugada, ruido constante, jornadas extensas, preocupaciones que no terminan y una sensación permanente de tener que rendir más.
El problema es que el sistema nervioso no distingue con facilidad entre un león y un estrés que nunca termina.
Desde la neurociencia sabemos que el estrés crónico modifica el funcionamiento del cerebro. Bruce McEwen demostró que una exposición prolongada al estrés altera procesos relacionados con la memoria, el aprendizaje y la regulación emocional.
Por su parte, Stephen Porges, a través de la Teoría Polivagal, propone que un sistema nervioso que permanece demasiado tiempo en estado de defensa tiene mayores dificultades para acceder a estados profundos de descanso, seguridad y recuperación.
Dormimos.
Pero muchas veces no descansamos.
Y dormir no significa solamente cerrar los ojos.
Mientras dormimos ocurren algunos de los procesos más importantes para nuestra salud. El cerebro reorganiza recuerdos, fortalece aprendizajes, regula emociones y activa el sistema glinfático, una red encargada de eliminar productos de desecho que se acumulan durante el día.
Dormir es uno de los momentos de mayor actividad reparadora del organismo.
Quizás por eso la calidad del sueño dice mucho más sobre nuestra salud que la cantidad de horas que pasamos en la cama.
En los últimos años también ha crecido el interés por comprender el papel de la neuroinflamación. Hoy sabemos que el estrés sostenido, la falta de sueño, el sedentarismo y ciertos hábitos de vida favorecen procesos inflamatorios de bajo grado que pueden afectar el funcionamiento cerebral.
Todavía no existe evidencia suficiente para afirmar que la neuroinflamación haga que una persona deje de recordar sus sueños.
Sin embargo, sí sabemos que influye en funciones esenciales como la memoria, la atención y la regulación emocional.
Entonces surge una pregunta difícil de ignorar.
Si un cerebro agotado recuerda peor, regula peor sus emociones y descansa peor...
¿Podría también resultarle más difícil acceder al recuerdo de aquello que soñó durante la noche?
Todavía no tenemos esa respuesta.
Pero quizás vale la pena seguir haciéndonos la pregunta. Porque tal vez no estamos perdiendo la capacidad de soñar.
Tal vez estamos perdiendo las condiciones biológicas necesarias para que el cerebro haga aquello que lleva millones de años haciendo: reparar, integrar experiencias... y soñar.
Parte III: Cuando el cerebro vuelve a encontrar espacio para soñar
Hasta ahora hemos revisado lo que la neurociencia describe sobre el sueño, el estrés y la regulación del sistema nervioso.
Pero este ensayo también nace desde otro lugar: desde patrones que comienzan a repetirse en distintas personas.
En el trabajo en La Llareta aparece con frecuencia un mismo relato:
“Volví a dormir de corrido.”
“Hacía tiempo que no soñaba… ahora vuelvo a recordar mis sueños.”
No todas las personas lo experimentan, y no implica una relación causal establecida. Sin embargo, cuando una observación se repite en contextos distintos, se vuelve relevante como punto de investigación.
En La Llareta se utilizan hongos adaptógenos y, en algunos casos cuidadosamente evaluados, protocolos de micro dosis de psilocibina.
Los adaptógenos no actúan como sedantes. La evidencia sugiere que participan en la modulación de la respuesta al estrés y en la regulación de la homeostasis, es decir, la capacidad del organismo de mantener equilibrio frente a demandas externas.
La psilocibina, por su parte, actúa de manera distinta. Tras su ingestión se convierte en psilocina, que interactúa principalmente con receptores serotoninérgicos 5-HT2A. Esto modifica temporalmente la dinámica de comunicación entre redes cerebrales y se asocia a fenómenos de neuroplasticidad.
Uno de los hallazgos más consistentes es la disminución transitoria de la actividad de la Red por Defecto (Default Mode Network), vinculada a la rumiación, la auto-narrativa y patrones repetitivos de pensamiento. En paralelo, se observa una mayor conectividad entre regiones cerebrales que normalmente interactúan de forma más segregada, lo que se asocia a mayor flexibilidad cognitiva.
Algunos autores, como Robin Carhart-Harris, han propuesto que este estado comparte características funcionales con el sueño: menor control ejecutivo habitual, aumento de imágenes internas y asociaciones menos rígidas.
Esto no implica que la persona esté soñando, ni que la psilocibina aumente el sueño REM. La evidencia actual no permite afirmarlo.
Lo que sí abre es una pregunta relevante sobre las distintas configuraciones posibles de la conciencia.
En la práctica clínica aparecen experiencias que no ofrecen conclusiones, pero sí hipótesis.
Observaciones clínicas que abren nuevas preguntas
Un caso ilustrativo es el de un hombre de 42 años que, durante la segunda semana de un protocolo de microdosis, describió una percepción inusual de su propio sistema digestivo. Esa experiencia lo llevó a consultar y reevaluar su alimentación, confirmando posteriormente intolerancia al trigo y sensibilidad a otros alimentos que dejó de consumir.
La intervención no produjo el diagnóstico, pero sí funcionó como catalizador de atención interoceptiva.
La pregunta que surge es si ciertos estados de mayor sensibilidad corporal pueden aumentar la detección de señales fisiológicas previamente ignoradas.
También está el caso de una mujer de 70 años con insomnio crónico y múltiples despertares nocturnos, que dependía de medicación hipnótica para dormir. Tras varias semanas de acompañamiento con hongos adaptógenos, y bajo supervisión médica, logró consolidar periodos de sueño continuo y reducir progresivamente el uso de fármacos.
Este tipo de observación no constituye evidencia de tratamiento para el insomnio, pero sí sugiere un cambio relevante en la arquitectura del descanso.
Cuando el sueño se estabiliza, no solo cambia la duración del descanso: también cambia la calidad de la vigilia.
- Mejora la energía.
- Mejora la atención.
- En algunos casos, reaparece el recuerdo onírico.
Una hipótesis posible —no comprobada— es que ciertos cambios en la regulación del sistema nervioso favorezcan condiciones más propicias para la consolidación del sueño y, con ello, la actividad REM.
Quizás no se trata de “producir sueños”, sino de reducir la hiperactivación que impide su aparición o su recuerdo.
En ese sentido, el sueño vuelve a cumplir su función más antigua:
- Integrar memoria.
- Regular emoción.
- Reorganizar la experiencia subjetiva.
La ciencia aún no tiene respuestas completas para estas observaciones. Pero muchas líneas de investigación importantes han comenzado de la misma forma: con patrones reiterados y preguntas abiertas.