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Ilustración de cerebro humano compuesto por hongos en relación a la neuroplasticidad

Nacer, morir y renacer: lo que tienen en común el parto, la muerte y los psicodélicos

Hay momentos en la vida en los que algo dentro de nosotros termina para dar paso a una nueva versión de quienes somos. El parto, la muerte y los psicodélicos pueden parecer experiencias distintas, pero nos llevan a una misma pregunta:

¿Dónde estaba “yo”?

Al despertar de una anestesia general sentí algo difícil de explicar.

Había una paz enorme. Estaba consciente, sabía que estaba regresando, pero por unos instantes tuve la extraña sensación de que “yo” todavía no había vuelto.

Años después ocurrió algo parecido durante el nacimiento de mi primera hija. En pleno trabajo de parto perdí la noción del tiempo y de mí misma. Después me dijeron que habían pasado cerca de veinte minutos antes de que volviera a responder.

Mucho tiempo después, durante una experiencia guiada con psilocibina, apareció nuevamente esa sensación.

No son experiencias equivalentes. Sus mecanismos biológicos son distintos. Pero las tres dejaron dando vueltas la misma pregunta:

¿Dónde estaba “yo”?

Quizás te ha pasado de otra manera.

Después de convertirte en madre, padre o asumir un rol profundo de cuidado. Al terminar una relación. Cuando murió alguien que amabas. Durante una depresión. Cuando la vida pegó uno de esos remezones que dividen nuestra historia entre un antes y un después.

Seguimos siendo quienes somos, pero algo ya no calza.

Y quizás ahí está la primera pista:

tal vez el “yo” no sea algo que perdemos y recuperamos intacto. Tal vez sea algo que nuestro cerebro reconstruye una y otra vez.

La conciencia es la experiencia de estar aquí: percibir, sentir, experimentar.

La identidad es la experiencia de ser alguien: nuestra historia, nuestros vínculos y aquello que creemos sobre nuestra propia existencia.

Y la neuroplasticidad es la capacidad del sistema nervioso de cambiar con la experiencia.

Entonces aparece una pregunta todavía más interesante:

si nuestro cerebro cambia durante toda la vida, ¿por qué nuestra identidad tendría que permanecer siempre igual?

El cerebro no vuelve: se reorganiza

El psiquiatra Stanislav Grof observó que algunas personas, durante estados psicodélicos profundos, describían experiencias de nacimiento, muerte y renacimiento. Sus matrices perinatales continúan siendo debatidas y no representan consenso científico, pero abrieron preguntas importantes sobre los límites de la identidad.

Décadas después, Robin Carhart-Harris llevó parte de estas preguntas al estudio del cerebro.

Sus investigaciones muestran que los psicodélicos pueden modificar temporalmente la dinámica de redes relacionadas con nuestra experiencia del yo. En estados intensos puede aparecer incluso la llamada disolución del ego.

Desde otro límite, Sam Parnia ha estudiado experiencias reportadas alrededor de la reanimación después de un paro cardíaco. Sus trabajos no prueban que la conciencia exista independientemente del cerebro, pero muestran cuánto nos falta todavía por comprender.

Pero no necesitamos una experiencia psicodélica ni acercarnos a la muerte para observar una profunda reorganización.

Existe un ejemplo mucho más cercano: la maternidad, la paternidad y la experiencia de cuidar.

Durante el embarazo, parto y puerperio, el cerebro materno atraviesa cambios importantes en sistemas relacionados con motivación, atención, emociones y sensibilidad hacia las señales de la guagua.

Y la neuroplasticidad del cuidado no pertenece exclusivamente a quien gesta. En padres y otras personas cuidadoras involucradas también se han observado adaptaciones relacionadas con el vínculo, el cuidado y la empatía.

Nace una guagua.

Pero alrededor de esa nueva vida también nacen nuevas identidades y nuevas maneras de estar en el mundo.

La experiencia de cuidar nos modifica.

Y esa es la bisagra: esta capacidad de transformación no pertenece solamente a los estados extraordinarios.

También ocurre cuando amamos. Cuando perdemos. Cuando termina una relación. Cuando atravesamos un duelo. Cuando la vida que imaginábamos deja de existir.

Nuestro cerebro construye constantemente predicciones sobre nuestra identidad y sobre el mundo. Cuando la realidad deja de calzar con esos mapas, necesita actualizarlos.

Eso también es neuroplasticidad.

No somos una estructura terminada.

Quizás nunca se trató de volver

Y es justamente en esos momentos de transición donde esta pregunta deja de ser filosófica y se vuelve cotidiana.

Muchas de las personas que llegan a La Llareta, donde acompaño procesos con hongos adaptógenos y funcionales y, cuando corresponde, microdosis de psilocibina, llegan queriendo recuperar algo.

Después de un duelo. Una separación. Insomnio. Agotamiento. Ansiedad. Depresión. Pérdida de rumbo.

Y aparece una frase profundamente humana:

“Quiero volver a ser quien era.”

Pero ¿y si no se trata de volver?

Una crisis puede romper los mapas con los que organizábamos nuestra vida:

  • Mi vida iba a ser así.
  • Esta relación era para siempre.
  • Yo podía con todo.
  • Esta era mi identidad.

Cuando esos mapas dejan de funcionar, necesitamos aprender otras maneras de habitar nuestra propia historia.

Eso no significa romantizar el sufrimiento. Pasarlo mal no es terapéutico por sí mismo. Tampoco los hongos hacen el trabajo psicológico por nosotros.

Pero incluso mientras atravesamos el barro, el cerebro no queda detenido esperando que todo vuelva a ser como antes.

Sigue aprendiendo. Sigue modificando conexiones. Sigue actualizando sus predicciones. Sigue buscando otras rutas.

Y ahí aparece también la creatividad.

Porque crear no es solamente pintar, escribir o hacer música.

Crear es encontrar una respuesta que antes no existía.

Poner un límite. Aprender a cuidar. Volver a confiar. Relacionarnos de otra manera. Cambiar la historia que nos contamos. Imaginar una vida que antes no podíamos imaginar.

Por eso hay una pregunta que atraviesa muchos de los procesos que acompaño:

¿Qué parte de ti está terminando y qué posibilidad nueva está intentando aparecer?

Quizás renacer no sea volver a ser quienes éramos.

Quizás sea descubrir que, incluso mientras atravesábamos el barro, nuestro cerebro seguía aprendiendo: debilitando algunos caminos, fortaleciendo otros y actualizando el mapa con el que comprendemos nuestra identidad y el mundo.

Entonces podemos regresar a la pregunta del comienzo:

¿Dónde estaba “yo”?

Quizás la pregunta nunca fue dónde estaba.

Quizás era cómo se construye, cómo cambia y cómo vuelve a aparecer a lo largo de nuestra vida.

El cerebro no vuelve simplemente al punto de partida. Aprende, actualiza sus mapas y se reorganiza.

Quizás nosotros también.

Porque renacer no es regresar al mismo “yo”.

Es descubrir que todavía podemos aprender nuevas maneras de ser.

Y si todavía sientes que eres una versión terminada de ti, detente un segundo:

¿Quién eras hace seis meses? ¿Quién eras hace un año?
¿Cuánto de esa persona sigue aquí, cuánto quedó en el camino y qué nueva versión de ti está empezando a aparecer?

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