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Retrato conceptual de líderes teóricos y revolucionarios de izquierda

Por qué la palabra "Guerrillero" mutó de ideal romántico a sinónimo de terror

Hubo un tiempo en que la palabra "guerrillero" cargaba un misticismo casi poético. Evocaba la imagen de un David contra Goliat: el desposeído que, descalzo y con un fusil viejo, desafiaba a imperios y dictaduras en nombre de la justicia social.

Hoy, el panorama es radicalmente distinto. Pronunciar el término en una conversación cotidiana evoca, de inmediato, imágenes de secuestros, narcotráfico, minas antipersonales y terrorismo.

Sin embargo, el siglo XXI ha fragmentado esta percepción de manera quirúrgica. Mientras que para las masas y la opinión pública generalizada —aquellos moldeados por la inmediatez de los medios de comunicación y el trauma histórico— la palabra es un sinónimo absoluto de criminalidad y barbarie, para los círculos académicos, teóricos e historiadores —los "leídos" de la teoría política— el concepto se resiste a morir, permaneciendo blindado bajo la etiqueta de la Revolución y la resistencia legítima. ¿Cómo se sostiene esta desconexión intelectual y cómo pasó una categoría militar de ser el motor de la esperanza a convertirse en un estigma social?

La teoría pura: El guerrillero como vanguardia y asceta

Para los grandes teóricos de la revolución, la guerra de guerrillas nunca fue un fin en sí mismo, ni un arrebato de violencia espontánea. Fue concebida como un método desesperado, pero científicamente necesario, para subvertir un orden opresor cuando las vías democráticas estaban cerradas o no existían.

1. Lenin y la violencia con brújula política

Vladímir Ilich Lenin no era un romántico de la selva; era un estratega urbano y un pragmático obsesivo. En su ensayo La guerra de guerrillas (1906), el líder bolchevique abordó el tema con frialdad analítica. Para Lenin, las acciones armadas de pequeños grupos no eran actos de bandolerismo caótico, sino una extensión natural de la lucha de clases.

Sin embargo, puso una condición inquebrantable: la guerrilla debía estar estrictamente supeditada al partido político y a las masas obreras. Si el guerrillero se desvinculaba del movimiento popular, se convertía en un anarquista peligroso, en un provocador o en un criminal común. El guerrillero leninista era, ante todo, un militante disciplinado, un brazo armado que obedecía a una cabeza intelectual.

2. El Che Guevara y la mística del "Hombre Nuevo"

Si Lenin puso la mente, Ernesto "Che" Guevara puso el mito y la estética. En La guerra de guerrillas (1960), el Che elevó al combatiente a una categoría casi espiritual. Bajo la teoría del "foquismo", argumentaba que en las condiciones latinoamericanas no había que esperar a que existieran todas las condiciones objetivas para hacer la revolución; un pequeño foco guerrillero en el campo (el campesinado como motor principal) podía encender la mecha y crearlas.

Pero lo más crucial del pensamiento guevariano es el componente moral. Para el Che, el guerrillero debía ser un "asceta", un individuo guiado por grandes sentimientos de amor al pueblo, dispuesto al sacrificio absoluto y con una conducta ética intachable para ganarse el respeto del campesinado. El guerrillero era la vanguardia moral de la sociedad: el embrión del "Hombre Nuevo", un ser despojado de egoísmo capitalista.

3. Mao Zedong y los teóricos de la contrainsurgencia

"El pueblo es a la guerrilla lo que el agua es al pez".

Mao resumió la relación entre el combatiente y la población con su metáfora más famosa. Si el agua se calienta o se retira, el pez muere. Para Mao, el guerrillero existía únicamente para proteger y servir a la base popular; sin su complicidad, afecto y sustento, la estructura colapsaba.

A esta visión se sumaron pensadores como el filósofo francés Frantz Fanon, quien en Los condenados de la tierra argumentaba que la violencia de la guerrilla descolonizadora no solo era un acto político, sino una fuerza catártica que liberaba al oprimido de su complejo de inferioridad frente al colonizador.

La grieta del siglo XXI, La perspectiva de los "Leídos"

Es precisamente este robusto trasfondo teórico el que explica por qué, en pleno siglo XXI, el concepto de guerrilla sigue gozando de cierta inmunidad e incluso prestigio entre los sectores más ilustrados, académicos o de izquierda intelectual. Para los "leídos", la palabra no puede ser reducida al lenguaje judicial de un código penal.

Desde la academia y el análisis sociológico, la guerrilla es vista como un fenómeno de asimetría militar. Es la respuesta histórica de los pueblos desarmados frente a la violencia institucional de Estados dictatoriales o monopolios económicos. Cuando un historiador analiza la Revolución Cubana, el Frente Sandinista en Nicaragua o los movimientos partisanos antifascistas en la Europa de la Segunda Guerra Mundial, la guerrilla no es sinónimo de delincuencia; es sinónimo de Revolución, dignidad y cambio social.

Para esta élite intelectual, el guerrillero es un sujeto político legítimo que opera bajo las leyes de la guerra, un rebelde que desafía la hegemonía global. El problema surge cuando esta abstracción teórica se topa de frente con la cruda realidad del mundo contemporáneo.

Quiénes transformaron el concepto

La caída del mito y la transformación del guerrillero en una figura negativa no ocurrieron por accidente ni por desgaste natural. Hubo actores clave, dinámicas criminales y estrategas políticos que operaron como los verdaderos motores de esta mutación conceptual.

1. Los "Señores de la Guerra" y los carteles: Manuel Marulanda ("Tirofijo") y Abimael Guzmán

En América Latina, figuras como Manuel Marulanda Vélez ("Tirofijo"), fundador de las FARC en Colombia, jugaron un papel paradójico. Si bien nacieron bajo el ala del marxismo agrario, la necesidad de financiar un ejército gigante en los años ochenta y noventa llevó a su organización a pactar con el narcotráfico y a sistematizar el secuestro extorsivo. Bajo su dirección espiritual, la guerrilla dejó de ser el "pez en el agua" de Mao para convertirse en un cartel transnacional que victimizó a su propio pueblo.

Por otro lado, la mutación alcanzó su faceta más terrorífica con Abimael Guzmán ("Presidente Gonzalo"), líder de Sendero Luminoso en el Perú. Guzmán distorsionó el maoísmo clásico hasta convertirlo en un fundamentalismo sanguinario. El seguidor de Sendero Luminoso ya no buscaba convencer al campesino, sino someterlo mediante masacres crueles, coches bomba y el exterminio de comunidades enteras que no se alineaban a su dogmatismo. Guzmán demostró al mundo que la guerrilla podía ser infinitamente más sanguinaria que el Estado al que combatía, destruyendo de raíz el aura del "Hombre Nuevo" del Che Guevara.

2. George W. Bush y los teóricos del "Enemigo Único"

En el plano de las narrativas globales, nadie influyó más en la criminalización definitiva del término que el expresidente estadounidense George W. Bush tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. Su doctrina de "Guerra contra el Terrorismo" rediseñó el mapa conceptual del planeta.

Asesorado por halcones neoconservadores, la administración Bush borró cualquier distinción entre una insurgencia política con raíces históricas y una red yihadista internacional. Agencias de seguridad y medios de comunicación masiva adoptaron esta agenda, logrando que el término "guerrillero" fuera absorbido por el de "terrorista" o "narcoterrorista" en los discursos oficiales de los gobiernos de todo el mundo.

La caída del mito: Por qué para el común es sinónimo de terror

Si los manuales y las aulas universitarias pintan al guerrillero como un héroe ético y disciplinado, la realidad geopolítica y social del fin de siglo se encargó de pulverizar esa iconografía ante los ojos del ciudadano de a pie. Para el "no leído" —que no consume teoría política sino que sufre las consecuencias de los conflictos reales—, la palabra evoca terror por razones dolorosamente pragmáticas:

  • El vacío ideológico pos-soviético: Con la caída del Bloque Soviético en 1991, el sustento ideológico e institucional de la mayoría de las guerrillas del mundo se desmoronó. Aquellos grupos que antes recibían financiamiento y formación de Moscú se encontraron huérfanos. Para sobrevivir, cambiaron la brújula ideológica por el control de rutas de narcotráfico, la minería ilegal y el contrabando, volviéndose indistinguibles del crimen organizado.
  • El colapso ético en el territorio: El desastre moral fue el clavo definitivo en el ataúd del romanticismo guerrillero. Movimientos que decían defender al pueblo terminaron recurriendo al reclutamiento forzado de niños soldados, a la violencia sexualizada y a la siembra de minas antipersonales. Al atacar al pueblo en lugar de fundirse con él, perdieron su estatus de insurgencia política y pasaron a ser percibidos como verdugos.

En la actualidad, llamar a alguien "guerrillero" en el debate público cotidiano es un intento de deslegitimación y condena total. El término ha sido vaciado de su debate intelectual originario para el consumo de las masas, convirtiéndose en un sinónimo de crueldad y retraso social.

Mientras los textos de Lenin y el Che permanezcan en los anaqueles universitarios como testimonios de una era donde la revolución armada parecía el único camino hacia la utopía, la brecha seguirá existiendo. Para los leídos, la guerrilla siempre será una categoría de análisis político fundamental para entender las revoluciones; para el resto del mundo, la realidad demostró que el poder del fusil, cuando se corrompe por las economías criminales y se desvincula de la ética popular, no crea al "Hombre Nuevo". Solo perpetúa el viejo y trágico dolor de la guerra.

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