En la era del hiperconsumo y las pantallas que destilan un estilo de vida inalcanzable, la aporofobia —el rechazo, miedo o desprecio hacia el pobre— no es una exclusividad de las élites que miran el mundo desde un coche de lujo o un ático en la zona alta de la ciudad.
Cruzas la puerta del vagón del metro o subes el escalón desgastado del autobús a las seis de la tarde. El calor es insoportable, el aire huele a cansancio acumulado y llevas de fondo el zumbido mental de una jornada de diez horas por un sueldo que se evapora el día cinco de cada mes. Alguien te empuja sin querer al intentar acomodarse en el pasillo abarrotado. Miras de reojo. Lleva unas botas gastadas, la mochila deshilachada y los ojos fijos en el suelo, cargando exactamente la misma fatiga que tú. En lugar de sentir empatía, sientes un chispazo de fastidio. Piensas: “Qué fastidio con esta gente”.
Felicidades. Acabas de activar el chip. Te han hackeado la mente tan bien que ni te diste cuenta de que estabas despreciando a tu propio espejo.
En la era del hiperconsumo y las pantallas que destilan un estilo de vida inalcanzable, la aporofobia —el rechazo, miedo o desprecio hacia el pobre— no es una exclusividad de las élites que miran el mundo desde un coche de lujo o un ático en la zona alta de la ciudad. El verdadero triunfo del capitalismo tardío no fue convencer al rico de que el pobre es vago; su mayor obra de arte fue lograr que el pobre odie al pobre. Nos entrenaron meticulosamente para odiarnos a nosotros mismos en los espacios compartidos de la precariedad, y es hora de mirar el truco de magia de cerca para entender cómo nos la colaron.
La paradoja del asfalto: ¿Qué es la aporofobia horizontal?
La filósofa Adela Cortina acuñó el término aporofobia para darle nombre a una patología social que todos sabíamos que existía pero nadie se atrevía a diagnosticar: el desprecio al desamparado, al que no tiene recursos, al que "no puede dar nada a cambio" en la lógica del mercado.
Pero cuando este fenómeno ocurre de manera horizontal —es decir, de clase trabajadora a clase trabajadora—, se convierte en una distopía sociológica fascinante y de terror. ¿Por qué alguien que llega a fin de mes arañando las monedas mira por encima del hombro a quien viaja en el mismo autobús de línea o espera el mismo tren suburbano?
La respuesta es simple y brutal: por puro pánico.
Ver al eslabón más vulnerable de la cadena en el asiento de al lado no nos despierta compasión, nos despierta el terror de vernos reflejados en él. En una sociedad donde tu valor humano equivale a tu capacidad de consumo, compartir el transporte público masivo, lidiar con las frecuencias caóticas y el hacinamiento es un recordatorio constante de lo cerca que estás de caer al abismo. Despreciar al que camina un kilómetro extra para no pagar otro billete o al que sube al autobús a vender caramelos es un mecanismo de defensa psicológico. Es una forma absurda de autoconvencerse de que pertenecemos a "otro club".
El manual de entrenamiento, así nos programaron
Este odio no es de nacimiento; es un software que nos instalaron en la cabeza desde la infancia a través de tres grandes mitos que se repiten en bucle:
1. La meritocracia como religión secular
Nos vendieron que el éxito es una ecuación matemática simple: Esfuerzo = Riqueza. Por consecuencia inversa, la fórmula dicta que Pobreza = Pereza. Cuando un trabajador atrapado en el salario mínimo compra este discurso, se convierte en el juez más implacable de sus iguales. Si ves a alguien apretado contra la puerta del autobús o pidiendo ayuda estatal para el abono de transporte, la narrativa meritocrática te obliga a pensar que “está así porque quiere” o porque “no se esforzó lo suficiente”. Al aceptar esto, validas tu propio sufrimiento laboral como una medalla de honor, mientras deshumanizas al que no pudo o no quiso entrar en la rueda del hámster.
2. El síndrome del "Millonario Temporalmente Latente"
El escritor John Steinbeck decía que el pobre en Estados Unidos no se ve a sí mismo como un proletario explotado, sino como un "millonario temporalmente en apuros". Hoy en día, gracias a las redes sociales y los gurús de la "mentalidad de tiburón", ese fenómeno es global. El sistema te entrena para que te identifiques con los intereses de la clase alta mucho antes de tener un solo euro en la cuenta corriente. Miras por la ventana del autobús el coche deportivo que avanza por el carril rápido y no sientes rabia por la desigualdad; sientes que estás a un "emprendimiento" de estar ahí. Defiendes los privilegios de las grandes fortunas y exiges mano dura contra los programas sociales porque sientes que "te roban con tus impuestos", cuando la realidad es que tu aportación apenas cubre los baches de la ruta que recorre tu autobús.
3. La estética de la dignidad (El "Pobre pero Limpio")
Nos enseñaron que hay formas "aceptables" de ser de clase baja. El sistema tolera al pobre sumiso, silencioso, que viaja en el metro sin hacer ruido, viste ropa barata pero discreta y agradece las migajas con una sonrisa. Pero si un joven de barrio obrero se sube al autobús con unas zapatillas de marca de 200 dólares y la música alta, la propia clase trabajadora se le echa encima: “Míralo, no tiene para caerse muerto pero sí para posturear”. Exigimos un certificado de austeridad franciscana a nuestros iguales para validar su pobreza, castigando cualquier intento de participar en la única fiesta a la que nos invitan: la del consumo visual.
Las micro-guerras de la hora punta: Divide y reinarás
El resultado de este entrenamiento es un tejido social completamente deshilachado donde las batallas se libran en el barro de la cotidianidad, mientras los palcos VIP observan divertidos desde sus cristales tintados.
- La guerra por el espacio: El resentimiento sordo entre el pasajero del autobús que trabaja ocho horas de pie y el anciano que sube con el carrito de la compra. En lugar de exigir más flotas y mejores frecuencias, nos peleamos por el último asiento libre.
- El asalariado contra el receptor de ayudas: "Yo me levanto a las cinco de la mañana para pagar mi billete y a ese le regalan el abono social". La rabia no se dirige hacia la empresa que paga salarios de miseria o hacia las corporaciones que evaden millones, sino hacia el vecino que apenas sobrevive con un ingreso mínimo.
- El clasismo de la infraestructura: El sutil desprecio entre líneas. Quien viaja en un autobús interurbano desgastado mira con recelo al que utiliza rutas más modernas, replicando las jerarquías del sistema dentro de la misma escala de la necesidad.
Nota de realidad: El sistema no necesita gastar recursos en reprimir las demandas de la clase trabajadora si logra que los propios usuarios del transporte público se vigilen, se juzguen y se boicoteen entre sí. La fragmentación es el mejor chaleco antibalas del statu quo.
Hackear el software, el camino hacia la desprogramación
Romper con este bucle de auto-odio no es fácil porque implica desmontar el ego que nos hemos construido para sobrevivir psicológicamente a la precariedad. Reconocer que estamos más cerca de acabar pidiendo monedas en una estación que de ser el próximo magnate tecnológico es una píldora difícil de tragar, pero es la única receta para la cordura colectiva.
Darnos cuenta de la aporofobia internalizada exige un ejercicio de honestidad brutal. La próxima vez que sientas irritación hacia la persona que tarda en encontrar su tarjeta al subir al autobús, hacia el vendedor ambulante que interrumpe el silencio del vagón o hacia el vecino que depende de la asistencia social, haz una pausa. Pregúntate: ¿A quién le sirve realmente que yo odie a esta persona? ¿A mí, a ella, o al sistema que nos exprime a los dos?
Dejar de escupir hacia los lados y hacia abajo es el primer paso para poder mirar, de una vez por todas, hacia arriba. El enemigo nunca viajó contigo en el autobús de las seis de la tarde ni se bajó en tu misma estación de metro; el enemigo es el dueño de la vía, de la concesión y del reloj que te dice cuánto vale tu tiempo.