Vivimos en una época obsesionada con los opuestos radicales. En el espacio público contemporáneo, admitir que uno no está completamente seguro de algo equivale a mostrar debilidad o resignarse a la irrelevancia.
Hace más de dos milenios, una de las figuras más influyentes del pensamiento occidental sostuvo una postura radicalmente distinta: que la madurez intelectual no reside en la certeza categórica, sino en la capacidad de actuar con firmeza guiados por la probabilidad, manteniendo siempre la humildmiento de dudar. Ese hombre fue Marco Tulio Cicerón, el estadista, orador y filósofo romano que hizo del probabilismo su brújula ética y política.
En un momento crucial de su vida, cuando la República romana se desmoronaba bajo el peso de la autocracia de Julio César y la tiranía amenazaba la libertad cívica, Cicerón recurrió a la filosofía no como un refugio teórico, sino como una herramienta práctica de supervivencia y acción. Formado en la Academia de Atenas, Cicerón adoptó el escepticismo académico, una corriente que desafiaba tanto al dogmatismo rígido como al nihilismo paralizante.
Para comprender el pensamiento de Cicerón, es esencial distinguir su postura del escepticismo radical. Mientras que algunas corrientes escépticas afirmaban que el conocimiento es absolutamente imposible —lo que a menudo conducía a la inacción o la pasividad (epojé)—, el escepticismo de la Nueva Academia desarrolló el concepto de probabile o verisimile (lo verosímil). Como señala el filósofo Massimo Pigliucci al examinar la tradición del escepticismo ciceroniano, un buen escéptico posee algo más que simple duda, pero menos que una certeza dogmática.
Esta filosofía del "probablemente" no es una invitación a la tibieza ni a la indecisión.
Cicerón demostró con su propia vida que es perfectamente posible comprometerse con convicción en la acción política, la defensa de la justicia y la búsqueda de la verdad, aun reconociendo que nuestras conclusiones son provisionales. Para Cicerón, no necesitamos certezas absolutas para tomar decisiones éticas; nos basta con identificar la opción más razonable, plausible y respaldada por las evidencias disponibles en un momento dado.
La filosofía como herramienta para pensar en la incertidumbre
En sus obras filosóficas, escritas durante el periodo de forzada marginación política bajo la dictadura de César, Cicerón tradujo la tradición griega al latín y la adaptó al espíritu práctico romano. En diálogos como Academica y Tusculanae Disputationes, argumentó que el dogmatismo —ya fuera el del estoicismo rígido o el del epicureísmo— cerraba las puertas a la investigación continua. Quien cree poseer la verdad absoluta deja de buscarla. En cambio, el escéptico probabilista se mantiene receptivo, dispuesto a corregir su rumbo si emergen mejores razones o argumentos.
Una tercera vía frente al dogmatismo y el relativismo
El principio ciceroniano del probabilismo es una medicina urgente para nuestro clima cultural actual. Hoy en día, la esfera digital y el debate político premian las afirmaciones tajantes y castigan la matización. Caemos con frecuencia en el falso dilema del "todo o nada": o bien abrazamos un dogmatismo ciego sobre nuestras ideas políticas, científicas o éticas, o bien caemos en un relativismo cínico en el que todas las opiniones valen lo mismo porque "nadie sabe nada con certeza".
Cicerón ofrece una tercera vía indispensable. Nos enseña a construir creencias razonables. Confiar en nuestras opiniones basándonos en la evidencia actual no nos exige proclamarlas como verdades definitivas e inmutables. Es posible defender la democracia, defender descubrimientos científicos o tomar decisiones personales vitales con determinación, sabiendo que nuestro conocimiento es imperfecto y siempre perfectible.
La honestidad intelectual como forma de coraje
Esta actitud probabilista requiere una profunda honestidad intelectual y un coraje particular. Es fácil atrincherarse en certezas reconfortantes; requiere mucho más carácter admitir la complejidad del mundo. En su labor como abogado y cónsul, Cicerón aplicó esta máxima examinado minuciosamente los argumentos de sus oponentes, no solo para rebatirlos, sino para entender si en ellos había atisbos de verosimilitud que pudieran enriquecer el juicio general.
Cicerón frente al poder y la defensa de la República
Trágicamente, la fidelidad de Cicerón a sus principios le costó la vida. Tras el asesinato de César, sus apasionados discursos (las Filípicas) en defensa de la República y contra el ascenso tiránico de Marco Antonio lo convirtieron en un objetivo político. En el año 43 a. C., fue proscrito y ejecutado por los matones de Marco Antonio. No murió por una ilusión fanática ni por un dogma ciego, sino por la defensa de un sistema político deliberativo donde las ideas pudieran contrastarse y juzgarse según su razonabilidad.
El legado de Cicerón: dudar para pensar y actuar
El legado de Cicerón es un recordatorio de que la duda no es lo opuesto a la convicción, sino su filtro más riguroso. Nos invita a cultivar una mente abierta pero crítica: lo suficientemente ágil para dudar de nuestras propias suposiciones y lo suficientemente valiente para actuar cuando la probabilidad y la razón nos señalan el camino.
En última instancia, Cicerón probablemente tenía razón.
La certeza absoluta es una ilusión que frecuentemente engendra intolerancia y autoritarismo. Al abrazar la verosimilitud, recuperamos la libertad de pensar, la capacidad de rectificar y el valor de actuar en un mundo incierto.