Hay una forma de injusticia que pasa desapercibida porque habita en nuestras entrañas. No se grita en las calles ni suele encabezar los titulares, pero está presente en casi todas nuestras interacciones diarias: la justicia aplicada a conveniencia.
Seguramente te ha pasado. Vas conduciendo o caminando por la vía pública y, en algún momento, terminas discutiendo con otro actor vial. Quizás alguien se te atraviesa, realiza una maniobra imprudente o pone en riesgo tu seguridad. Te indignas. Reclamas. Señalas. Juzgas. Ahora bien, sé honesto: ¿nunca has hecho exactamente lo mismo? Y cuando lo hiciste… ¿te juzgaste con la misma severidad? Probablemente no.
El juez interno que siempre falla a tu favor
Los seres humanos no somos imparciales. Nos gusta creer que sí, pero nuestra mente posee un talento especial para justificar nuestras acciones mientras condena las ajenas. En psicología, esto se conoce como el Error de Atribución Fundamental.
Como bien señalaba el filósofo Immanuel Kant en su imperativo categórico, actuar de forma ética implica preguntarse si nuestras acciones podrían convertirse en una ley universal. Sin embargo, en la práctica, solemos hacer lo contrario, creamos excepciones morales para nosotros mismos. Cuando otro comete un error, lo atribuimos a su falta de valores o a su egoísmo; cuando el error es nuestro, lo explicamos mediante las circunstancias, el estrés o la "necesidad del momento".
No reaccionas ante la injusticia, reaccionas ante lo que te afecta
Tendemos a levantar la voz solo cuando un hecho nos perjudica directamente. Si alguien invade tu carril, es una falta grave de civismo; si tú invades el de otro, es porque «no había otra opción». Esta disonancia nos recuerda las palabras de Friedrich Nietzsche, quien sugería que muchas veces nuestra "moral" no es más que una máscara para nuestra voluntad de poder o nuestro instinto de preservación.
No buscamos un estándar ético elevado, sino que el entorno se ajuste a nuestras necesidades. En el fondo, no es tan distinto a cómo avanzas en la vida. Así como en una vía crees tener el control total, en tu existencia te percibes como el conductor único de tu destino. El problema es que justificas tus maniobras más cuestionables mientras actúas como un verdugo implacable frente a las del prójimo.
La raíz: el ego disfrazado de moral
Baruch Spinoza sostenía que las leyes de la naturaleza no están hechas para nuestra comodidad, pero nuestro ego nos hace creer que el mundo debería girar en torno a nuestro bienestar. La mayoría de las veces, cuando exigimos justicia, no estamos pidiendo un mundo más equilibrado, sino que estamos exigiendo no ser los perjudicados. Es el ego disfrazado de rectitud.
El verdadero ejercicio de conciencia
Para romper este ciclo de hipocresía social, hace falta un "reality snack" de honestidad brutal. La próxima vez que sientas el impulso de juzgar, detente y pregúntate, ¿Esto realmente atenta contra mis principios o solo contra mi comodidad?
«La mejor venganza es no ser como aquel que causó el daño»
— Marco Aurelio
Pero para no ser como él, primero debes reconocer que, bajo las circunstancias adecuadas, eres capaz de cometer el mismo error.
La mayoría de las personas no busca justicia; busca ventaja sin culpa. No estás simplemente reaccionando en una vía; estás conduciendo tu vida a través de una realidad compartida. Ahí, justo en el reconocimiento de nuestra propia falibilidad, es donde comienza la verdadera conciencia.
Y tú, ¿te has visto alguna vez en una situación así?